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Sin duda es importante el contexto en el que en definitiva aparecen estas reivindicaciones etnogenéticas, marcado por condiciones de modernidad, democratización de los Estados y por un ambiente en general favorable a las reivindicaciones étnicas, lo que hace aún más entendible el por qué de la aparición tardía de estos procesos, generalmente vinculados a las políticas de reconocimiento y por el respeto a la diversidad  que se fueron generando en la mayoría de los Estados latinoamericanos a partir de la década de los 90. En el caso de Chile la cronología evidencia un período de alta virulencia en contra de los indígenas que termina con la incorporación de la mayoría de ellos a nuestro país a fines del siglo XIX. Chile entra así al siglo XX con su problema indígena resuelto. Prácticamente durante todo el siglo XX se desconocerán las demandas diferenciales de los indígenas. Y lo hace precisamente en un contexto en que se evidencia la emergencia indígena y en que a partir de la implementación del Convenio 169 y de la discusión sobre los derechos indígenas que se viene dando en la ONU, se visibilizará aún más la causa indígena. En esta época el giro mundial es hacia el reconocimiento de la diversidad, lo que va en paralelo a la instalación de la lógica del multiculturalismo, que como bien dice Zizek (1998), obedece a la lógica del capitalismo tardío en la posmodernidad. Ya sea como una nueva manipulación del sistema o como verdadero triunfo  de  la  diversidad, el reconocimiento de los indígenas se torna indispensable y lleva a la  reaparición  de  diversidades ocultas por el discurso nacionalista que las había oscurecido o eliminado durante todo el siglo XX y parte del XXI (Escolar, 2007a). Este mismo discurso debilita la injerencia y el poder de los Estados   sobre las ahora antiguas diferencias que reaparecían, colocando un marco propicio para la etnogénesis que se dará en distintos países. Por último, no es casual que la crítica a los mega relatos como el del androcentrismo, la heterosexualidad y también el del predominio del hombre blanco, hayan posibilitado que nuevos y antiguos discursos sobre los indios aparezcan posicionándose y generando hegemonía que  viene a convencer a una mayor cantidad de población y a instalar como posible la reivindicación étnica, tanto por el lado de aquellos que están posicionándose como tales, como también por el lado de los que en definitiva deben llegar a sancionar jurídicamente dicha determinación. (Campos,   2006).

Podría agregar algunas características más, pero creo que estas son suficientes para caracterizar estos fenómenos que considero etnogenéticos, en un amplio sentido del término que incluyen procesos como la reetnificación y la transfiguración étnica. En mi posición los procesos etnogenéticos  y  siguiendo  a  Bartolomé (2006), forman parte de la vida cotidiana de las relaciones entre los pueblos y son activados precisamente en su carácter relacional y obedecen a condicionantes políticas, sociales y económicas multivariadas que terminan incidiendo en que algunas poblaciones que no hablaban en clave étnica, comiencen a manifestarse en estos términos y pasen a constituirse en una nueva etnia o a recuperar los sentidos de una antigua identidad perdida en el  tiempo y en la memoria. Los procesos etnogenéticos tienen, por lo tanto, múltiples facetas. Basta ver la clasificación levantada por Pérez (2006) para entender lo confuso que son todavía estos fenómenos para la ciencia social. Lo que he querido resaltar aquí es que      lo que está en juego son las representaciones que se tienen y han tenido acerca de los pueblos indígenas, representaciones que por lo general siguen imponiendo el criterio de la sociedad dominante y negando los derechos de autodeterminación de los mismos pueblos indígenas. Ya sea como resucitados, como indios virtuales o como desplazados en las ciudades, los movimientos etnogenéticos sorprenden y a  veces  molestan porque apuntan a romper las formas tradicionales de entender al indio que se ha dado Occidente.  Lo que se impone es la inteligibilidad, según la trabaja Butler (2006) que apunta a poder deshacer no solo el género, sino también las concepciones denotativas y sobre todo las connotativas de lo que se considera habitualmente como indígenas. La aparición de los neoindios es sobre todo sorpresiva porque atenta contra nuestras categorías previamente establecidas y esa inclasificación inicial es suficiente para cuestionar los procesos. El desafío es entonces doble, por un lado poder conocer las razones que están detrás de las múltiples respuestas de la sociedad civil y el Estado con respecto a los procesos etnogenéticos. En segundo lugar es importante avanzar en el estudio etnográfico de estos procesos, ya que la caracterización de un número mayor de casos permitirá dar más contenido a las distinciones que actualmente se hacen con respecto a la etnogénesis.