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Los procesos democráticos que se vivieron en los países latinoamericanos a partir de los años 80 y la posterior emergencia de los pueblos indígenas en los años 90 han generado un contexto general de reconocimiento que ha permitido que estas antiguas identidades comiencen reaparecer. Estos procesos han sorprendido tanto a la sociedad civil circundante como al mundo académico quienes han  pasado  a  cuestionar la validez de estas reivindicaciones y la legitimidad de sus demandas. Planteo aquí que la  dificultad de poder aprehender estos procesos dice relación con  la imposición  de las categorías coloniales  que situaban al indio como una categoría en transición cuyo único destino era su integración  a  las  sociedades envolventes y su descaracterización cultural, con la consecuente pérdida de sus identidades. La supuesta incapacidad del indio, su posibilidad de manipulación, la contaminación y la degradación, además  del cuestionamiento del surgimiento de nuevas identidades como producto de las manifestaciones del capitalismo tardío, se han levantado como argumentos para cuestionar estos procesos etnogenéticos. Asímismo, la falta de profundidad histórica de los movimientos etnogenéticos como también su evidente instrumentalidad, sus diluidos elementos culturales y su evidente miscigenación, han venido también a apoyar la crítica a estos nuevos indígenas considerándolos tradiciones inventadas y como reivindicaciones faltas de legitimidad.