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Esta propuesta plantea abordar la etnogénesis en Chile a partir de la revisión comparativa de diferentes procesos etnogenéticos que se han vivido en el país en los últimos años. El nacimiento de  nuevas  identidades o la reaparición de poblaciones que se estimaban por desaparecidas, abre una serie de cuestionamientos sobre la diferencia cultural, el papel de agentes externos en la reetnificación y la manera   en que el mundo académico intelectual se enfrenta con las nuevas situaciones, ya sea apoyando los movimientos, como también cuestionando a partir de las categorías científicas la pervivencia de las poblaciones reaparecidas.

La etnogénesis se presenta en la actualidad como una de las principales manifestaciones de los pueblos indígenas, directamente vinculada a las nuevas condiciones del reconocimiento que se viven en distintos países de América. En la medida en que las relaciones interétnicas han ido pasando desde el ámbito de la discriminación negativa a la positiva, ha aumentado considerablemente el número de personas que se  declara indígena y también las reivindicaciones colectivas de comunidades que utilizan la variable cultural como una manera de posicionarse mejor en los nuevos contextos sociales, obteniendo beneficios que refuerzan su identidad. Estos procesos están marcados con elementos que se toman de  diferentes  contextos, muchos de ellos mediatizados por antropólogos y otros componentes de la sociedad civil que influyen en la nueva cara que van tomando estos neoindios (Galinier y Molinié, 2013). Muchas veces se han cuestionado estos procesos por ser “inventados” y por tener un  claro  carácter  “instrumental”  (Comaroff, 2011), lo que ha llevado a deslegitimar las acciones y posiciones reivindicativas. Lo que planteo  en este proyecto, es que más allá de las efectivas tradiciones inventadas, estamos frente a un proceso de relaciones interétnicas en que las representaciones que se han levantado acerca de lo indígena terminan influyendo en la imagen que los indígenas quieren mostrar de sí mismos, en un  proceso  de  retroalimentación identitaria que evidentemente no es solo responsabilidad de los indígenas y que habla de   la forma cambiante de entender al indio en nuestros  países.

Hace ya varios años que conceptos como etnogénesis, reetnificación o transfiguración étnica se han vuelto parte del vocabulario antropológico en América y en Chile. Diferentes pueblos han vuelto a la vida en el último tiempo, no sin haber generado cierta controversia y quizás sorpresa, sobre todo en el mundo académico de la antropología, la arqueología y la historia que trabaja con los pueblos indígenas. En Brasil, Henyo Trindade Barretto Filho (1994) puso la atención en cómo se había ido constituyendo una nueva identidad asociada a los tapebas, tapebitas, tapebanos y piernas de pau. Entre  otros  elementos,  se  señalaba cómo ciertas identidades que antes habían sido partes de la mezcla, del mestizaje, habían comenzado a manifestarse nuevamente en procesos retroalimentados incluso por la misma práctica del antropólogo. También en Brasil, João Pacheco de Oliveira Filho (2010) había puesto su atención  en  los  indios del nordeste y sus procesos identitarios que se sustentaban en poblaciones mezcladas o mixturadas que comenzaban a proliferar en una zona en donde habrían desaparecido desde hacía siglos atrás. En un país como Brasil en donde la definición de indígena estaba fuertemente anclada en las características tradicionales de ocupación y en la continuidad cultural, estos temas se volvieron  altamente novedosos y  hasta cuestionados por muchos antropólogos (Andion, 1999). No obstante, a  partir  de  estas  investigaciones pudieron visibilizarse muchas poblaciones indígenas que antes no eran contempladas por    las políticas públicas y de esta manera hacerse sujetos de derecho. En Chile ya desde la promulgación de la Ley 19.253 o Ley Indígena, se comenzó a hablar del renacimiento o resurrección de  varios  pueblos indígenas, entre ellos los likan antay, los collas y posteriormente los diaguitas (Bengoa, 2002). La misma Ley vio aparecer bajo su alero y como producto de los resultados del Censo de 1992, a un sorprendente contingente de población indígena urbana en Santiago, mayoritariamente de  ascendencia  mapuche,  llevando a la constitución de una identidad mapurbe o warriache, como se la comenzó a denominar en los 90, si bien fue la cifra de cerca de 500 mil mapuche viviendo en Santiago la que más impactó en el ámbito público y en el académico (Campos, 2007; Aravena, 2005). Estos y otros procesos similares pueden ser diferentemente catalogados y considerando ya una larga reflexión al respecto, me interesa verlos aquí en    su sentido genérico de procesos etnogenéticos incorporando en este concepto otros términos cercanos  como reetnificación y transfiguración étnica.